Isaac Guerra
Prichard Colón Meléndez (conocido como “Digget”), boxeador puertorriqueño nacido en 1992 (en Maitland, Florida, de padres oriundos de Orocovis, Puerto Rico), murió este 13 de agosto de 2026 a los 33 años.

Su padre, Richard Colón, lo confirmó en redes sociales con un mensaje desgarrador: lamentó la partida de su hijo “de este mundo terrenal”, dijo que ahora está “en un mejor mundo” y que no pudieron cumplir su sueño de llevarlo de vacaciones a Puerto Rico. La familia no dio detalles adicionales sobre la causa exacta del deceso en Florida, pero ocurrió tras más de una década de secuelas neurológicas graves.
Quién fue y su carrera
Fue una promesa del boxeo. Amateur destacado (múltiples títulos nacionales en Puerto Rico), pasó al profesionalismo y llegó invicto a 16-0 (13 por nocaut). Era un superwelterweight talentoso, rápido y con proyección hacia títulos mundiales. Su última pelea fue el 17 de octubre de 2015 en el EagleBank Arena de Fairfax, Virginia, contra el estadounidense Terrel Williams (entonces 14-0).
La pelea fatídica: golpes de conejo y negligencia
Durante el combate (programado a 10 asaltos), Williams propinó repetidos golpes ilegales a la nuca (rabbit punches), prohibidos por el riesgo de lesiones cerebrales, cervicales y de médula. Colón se quejó varias veces al árbitro Joe Cooper, señalando la nuca. Cooper le respondió en más de una ocasión algo como “You take care of it” (“Tú encárgate”) y no detuvo la pelea de forma efectiva ni sancionó con rigor suficiente al inicio. Solo descontó un punto a Williams en el séptimo asalto por uno de esos golpes.
Colón, frustrado, respondió con un golpe bajo (le descontaron dos puntos). En el noveno asalto, Williams lo derribó un par de veces. La esquina de Colón, creyendo erróneamente que había terminado el combate, le quitó los guantes; lo descalificaron y Williams ganó por DQ. Colón ya estaba mareado, se quejó al médico de ring (Richard Ashby) de mareos y dolor en la nuca, pero lo autorizaron a continuar. Tras salir del ring, en el vestuario empezó a vomitar, se desplomó y perdió el conocimiento. Le diagnosticaron un hematoma subdural (sangrado entre el cerebro y su cubierta) de unos 1,5 cm con desplazamiento de la línea media. Le practicaron una hemicraniectomía de emergencia. Estuvo 221 días en coma.
El daño fue irreversible: estado vegetativo persistente, incapacidad para hablar, dependencia total de cuidados. Con el tiempo mostró pequeños avances (respuesta a órdenes, terapia física, comunicación asistida por computadora en algunos reportes), pero nunca recuperó el habla ni la independencia. Su madre, Nieves Colón, fue el pilar absoluto: dejó trabajo y vida propia para cuidarlo 24/7 en Florida (Orlando/área), haciendo terapias diarias, sujeta a problemas económicos (incluso con apoyo de figuras como Al Haymon de PBC en algunos momentos), demandando (junto al padre) por más de 50 millones de dólares a médicos y promotores (el caso no se resolvió en juicio). Ella compartía videos de sus progresos, nunca dejó de luchar y de creer.
Qué pasó con Terrel Williams?
Williams expresó preocupación e incluso lágrimas poco después (“No puedo disfrutar esta victoria… rezo por Prichard”). Se alejó unos dos años, regresó, peleó unas pocas veces más y se retiró en 2019 tras una derrota (récord final aproximado 18-1). Desde entonces ha permanecido fuera del ojo público, con poco o ningún contacto mediático. La familia Colón y muchos aficionados lo han culpado por los golpes ilegales; él ha dicho que no tuvo intención de causar daño permanente y que reza por Colón.
El caso impulsó mayor atención a los golpes a la nuca (la “regla Prichard Colón” o políticas de cero tolerancia del WBC y otros organismos: advertencias, descuentos y descalificación inmediata).
Una historia de melancolía
Había una vez un muchacho de Orocovis que soñaba con el cielo de los campeones. Prichard “Digget” Colón tenía los puños rápidos y el corazón más rápido todavía. Cada mañana el sol de Puerto Rico le acariciaba la cara mientras entrenaba, y cada noche soñaba con el cinturón que algún día le pondrían alrededor de la cintura. Su madre, Nieves, lo miraba con ese miedo sagrado que solo las madres de boxeadores conocen: el miedo a que el ring se tragara el futuro.
El 17 de octubre de 2015 el cielo se rompió en Fairfax. No fue un solo golpe. Fueron muchos, silenciosos, ilegales, a la nuca. Golpes de conejo que el árbitro dejó pasar como si fueran parte del baile. Prichard señalaba, se quejaba, y le respondían que se cuidara solo. Cuando salió del ring ya no era el mismo. En el vestuario el mundo se inclinó. Vomito, oscuridad, y después 221 días en los que su cuerpo respiraba pero su alma parecía ausente.
Once años. Once años de silla de ruedas, de tubos, de terapias que dolían más que cualquier puñetazo. Once años en los que Nieves se convirtió en enfermera, fisioterapeuta, guerrera y madre al mismo tiempo. Ella le hablaba todos los días como si él pudiera responder. Le peinaba el cabello, le ponía su perfume favorito, le enseñaba videos viejos de cuando volaba sobre el ring. A veces él movía un dedo. A veces solo miraba. Ella interpretaba cada parpadeo como una promesa.
Y el muchacho que quería ser campeón del mundo se quedó atrapado en un cuerpo que ya no le obedecía. Su padre caminaba cargándolo, hablándole de milagros. Su madre se negaba a rendirse. Juntos formaron un pequeño ejército de amor contra el silencio. Había días en que el progreso era apenas un músculo que respondía. Había noches en que solo quedaba el llanto contenido para que él no lo sintiera.
Hoy, 13 de agosto de 2026, Dios lo recogió. El mismo Dios al que Nieves le pidió tantas veces que le devolviera la voz, aunque fuera solo para escuchar un “mamá”. El sueño de regresar a Puerto Rico se quedó a medio camino. Las vacaciones que nunca llegaron. El cinturón que nunca se ciñó.
Ahora Prichard ya no duele. Ya no está atrapado. Quizá corre otra vez por los caminos de Orocovis, ligero, sin miedo, con los puños abiertos al viento. Y Nieves, que lo sacó adelante con las uñas y el alma, se queda aquí, con el eco de once años de lucha y el silencio más profundo de todos: el de un hijo que por fin descansa.
Que descanse en paz, Digget.
Y que su madre encuentre, algún día, un poco de paz también.